 Carmen Amaya
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"Alma pura", "sentimiento hecho carne", "producto bruto de la naturaleza", "la antiescuela, la antiacademia", o lo que es lo mismo, Carmen Amaya. Así la definió Sebastián Gasch, el crítico que la descubrió cuando actuaba en un local de Barcelona llamado "La Taurina".
Carmen Amaya fue una bailaora de raza, seguramente una de las pocas que se merecen tal apelativo, utilizado a veces con demasiada profusión. La calle, la familia y su sangre gitana fueron los únicos maestros de su baile, que logró revolucionar la danza flamenca que se hacía en su momento.
Fue también su arte lo que le permitió prosperar desde su origen humilde y pobre y lo que le hizo tratar con figuras históricas como la Reina de Inglaterra o Roosevelt (presidente de los Estados Unidos) y triunfar en los auditorios y escenarios de todo el mundo: Londres, Nueva York, París, Buenos Aires… ciudad esta última en la que se construyó un teatro en su honor y que lleva su nombre: Teatro Amaya.
Ya en vida se convirtió en una leyenda del baile y en la actualidad es un verdadero mito. Pero Carmen Amaya también cantaba, y no lo hacía mal. De hecho, su padre, el guitarrista Francisco Amaya "El Chino", pensó en un principio que estaba mejor capacitada para el cante que para el baile.
La suya era una voz ronca y oscura, muy gitana. Una buena muestra de su forma de cantar puede observarse en "La reina del embrujo gitano". También Carmen Amaya. Grabaciones discos pizarra. 1948-1950 recoge una buena muestra de sus dotes de cantaora, acompañada por dos guitarristas de su dinastía, Paco y José Amaya, o en "En familia".
 Carmen Amaya
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Carmen Amaya, bailaora
Con su forma de bailar, Carmen Amaya demostraba que para ella el flamenco es sentimiento, alma y pasión. Su baile parece surgir de rabia y violencia contenidas, que le imprime una velocidad y una fuerza asombrosas y que parece desafiar a las leyes de la gravedad.
Han quedado notables muestras de su baile en las numerosas películas que protagonizó: "La hija de Juan Simón" (1935), "María de la O" (1939), "Vea a mi abogado" (1944), "Los amores de un torero" (1945)... Pero entre todas ellas destaca "Los Tarantos", dirigida por Rovira Beleta en 1963, y terminada poco antes de la muerte de Carmen Amaya.
La película es una versión de "Romeo y Julieta" de Shakespeare, en la que la Verona del siglo XIV ha sido sustituida por los ambientes marginales del barrio de Somorrostro de la Barcelona de la primera mitad del siglo XX, y los Montesco y Capuleto son ahora los Tarantos y los Zorongos, dos familias gitanas enfrentadas que ven como sus hijos sellan con sangre su promesa de amor eterno.
La película está basada en la obra de teatro de Alfredo Mañas, "La historia de los Tarantos" y se convirtió en el testamento artístico de Carmen Amaya. En ella, la bailaora interpreta a Angustias, la madre Taranta, que acaba superando el odio familiar, seducida por el embrujo del baile de su hija Juana.
Muy poco después del rodaje de "Los Tarantos", Carmen Amaya murió a causa de una enfermedad renal. Con su muerte se perdía una gran bailaora y se perpetuaba la leyenda que ya había empezado a crearse en vida. Hoy sigue siendo paradigma de una forma de entender el baile y el flamenco.
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